Correr por una causa solidaria siempre es un placer. Incluso si el día anterior has hecho una tirada larga de 30 kilómetros dentro de la preparación del Maratón de Madrid. Pero correr me gusta, Madrid me encanta, descubrir Madrid a través de las carreras es una actividad que me fascina y si encima se la añade un componente solidario y el hecho de correr junto a mi sobrina y mi ahijada Dori… pues la combinación es sensacional.

Es cierto que correr tras 30 kilómetros de preparación para el Maratón no era lo más recomendable, pero llevo haciendo tres años La Metlife y es una carrera que me atrae muchísimo. Así que, pese al cansancio enorme y a que la noche anterior a la Metlife me tuve que dar un masaje con gel frío, la mañana de la carrera me fui a la salida, ubicada el Paso de la Castella a la altura de Rosario Pino. Correr me gusta y hacerlo aportando algo a la sociedad, que es lo que realmente hacemos los que participamos en la Metlife es algo que me motiva muchísimo.

Espectáculo

Esta carrera trascurre por lugares muy atractivos de Madrid, mi ciudad. Correr en Madrid siempre me parece un espectáculo. Es una ciudad con corazón y con alma y eso se nota siempre que corres por sus calles. El primer tramo de la prueba transcurre por el Paseo de la Castellana, uno de los ejes principales de la ciudad que tiene su origen en los paseos del Prado y Recoletos, que durante los siglos XVII y XVIII flanqueaban Madrid. La prolongación hacia el norte de estos dos paseos se planteó durante la regencia de María Cristina de Borbón y en un primer momento se denominó Paseo de las Delicias de la Princesa (en honor a la entonces princesa y que más tarde reinaría en España con el nombre de Isabel II) para diferenciarlo del Paseo de las Delicias del Río (actual Paseo de las Delicias). El Paseo de la Castellana quedó terminado en 1834 y desde entonces es una de las principales arterias de Madrid. Correr por él es un verdadero placer y, aunque ha cambiado, siempre es interesante adivinar los restos de algún que otro palacete de los muchos que en su tiempo flanqueaban el paseo y que debían ofrecer a los madrileños de la época unas vistas espectaculares.

Bajamos por Colón a buen ritmo, aunque con calma, y llegamos a la Plaza de Cibeles, la más famosa de la capital. No es vano se trata de la diosa de los madrileños y correr delante de ella, en un día libre de coches es siempre emocionante. La carrera gira y subimos hasta el Parque del Retiro. La cuesta tira lo suyo, pero en esta zona suelen agolparse los espectadores y curiosos, que siempre animan mucho y eso nos ayuda a mantener el ritmo. El aplauso siempre reconforta y, si proviene de los tuyos, mucho más. La gente de Madrid, siempre tan calurosa… ¡cómo se agradecen esos ánimos!

Al llegar al Retiro, construido en la primera mitad del siglo XVII, recorremos todo su perímetro hasta Atocha. El uso del Retiro como parque urbano se remonta a 1767, año en el Carlos III permitió la entrada a los vecinos para su disfrute recreativo, ya que originalmente el parque se diseñó como un proyecto paisajístico desarrollado en el entorno del Palacio del Buen Retiro, una antigua posesión real creada por el conde-duque de Olivares para el disfrute de Felipe IV.

Conjunto monumental

Tras el Retiro, recorremos el eje de los museos y giramos hacia las Cortes, una subida que se hace dura pero que termina en la Plaza de Canalejas, una de mis favoritas de la ciudad. Después, la Puerta del Sol, magnífica como siempre, y enfilamos la calle Mayor hasta la Almudena y el Palacio Real, otro conjunto monumental que no por ser más conocido resulta menos espectacular. Cuanto más lo veo, más me gusta.

Desde esta zona la carrera avanza hacia la plaza de España y los ojos se me van invariablemente al Edificio España, obra de José María y Julián Otamendi, y que, con su estilo neobarroco, siempre me parece un caballero medieval. Bajo mi punto de vista, uno de los edificio más interesantes de la capital. Seguimos por el Paseo Rosales hacia La Rosaleda y la Estación del Norte, que siempre la encuentro un poco abandonada. Madrid se merece que esta estación tome posición. Yo la recuerdo de pequeño como un gran trasiego de personas que iban y venían a Madrid. Ojalá recupere su esplendor pasado.

El final de la MetLife es en Madrid Rio, una de las últimas grandes transformaciones llevadas a cabo en la ciudad. Una intervención necesaria en una zona olvidada de Madrid que se ha acometido con acierto, recuperando para los madrileños y visitantes un espacio magnífico. Además, ha servido para superar la tradicional división que en esa zona de Madrid ejercía la M30, uniendo ahora las dos riberas del Manzanares.

Llegamos a la meta, contentos y cansados por igual. Buena carrera por un Madrid que nunca defrauda y que demuestra estar vivo, tanto como sus vecinos. Madrid es una metrópoli a la altura de las grandes capitales europeas, pero debe mantener siempre ese espíritu vivo y cambiante. Al igual que los corredores, las grandes ciudades siempre tienen que seguir adelante.

¡Vivamos Madrid!