Correr una Maratón es propio de valientes. Terminar la carrera es propio de héroes. Y correr la Maratón de Nueva York es, sencillamente, un sueño.

Si existe una ciudad donde la arquitectura se muestra en todo su esplendor, esa es Nueva York. Me encuentro muy cómodo en esta ciudad. De hecho, todas las grandes megalópolis me atraen enormemente, pero Nueva York es especial para mí.

Me gusta contemplar la ciudad paso a paso, recorrer avenidas y callejones, reflexionando (sobre arquitectura la mayor parte de las veces, sobre todo lo habido y por haber el resto del tiempo) y descubrir la ciudad desde todos los puntos de vista posibles. Siempre se revela un nuevo punto de interés, algún detalle que me demuestra que estoy en una ciudad diferente.

Por eso correr la Maratón de Nueva York ha sido tan especial para mí. Es una carrera emblemática para la gran mayoría de runners del mundo. Pero para mí es mucho más. Hasta ahora me faltaba mirar la arquitectura de Nueva York desde un punto de vista: el del corredor. Ya lo he cumplido. Y ha sido magnífico.

Maratón de Nueva York desde un punto de vista diferente

Nueva York, como arquitecto, siempre me ha despertado sensaciones. Miro la ciudad con ojos que admiran las estructuras, las formas o los diseños. Como corredor, también busco vivir las sensaciones de cada carrera, no el tiempo final. Habitualmente hago una película mental de la carrera, un proceso que puede empezar incluso meses antes de la salida. En el caso de la maratón de Nueva York, ese proceso fue mucho más intenso. A mi gusto por correr se unía mi pasión por una ciudad a la que siempre he admirado desde un punto de vista arquitectónico.

Como arquitecto siempre intento observar la ciudad más doméstica y vividera. La ciudad del barrio como elemento aglutinador. Una gran ciudad no deja de ser una confluencia de barrios que forman espacios comunes y van moldeando un espíritu común. La Maratón de Nueva York recorre sus cinco grandes barrios: Staten Island, Brooklyn, Queens, Manhattan y Bronx, y lo hace en esta secuencia aunque al final, desde el Bronx, se regresa a Manhattan para terminar circulando por la Quinta Avenida, entrar en Central Park y finalizar en uno de los parques más entrañables del mundo.

Correr la Maratón de Nueva York te permite visualizar, no la gran arquitectura de la Gran Manzana, sino sobre todo el simbolismo de los barrios que la conforman, su arquitectura doméstica de pequeños parques y zonas de reunión. Mirar Brooklyn, Queens o el mítico Bronx desde el punto de vista por el que habitualmente circulan los coches y apreciar su estructura amable, pese al esfuerzo de la carrera, hace que una sonrisa se dibuje instintivamente en la cara. Pequeños espacios que parecen no pertenecer a la gran Nueva York y que, sin embargo, constituyen su esencia. Se habla de Nueva York cuando realmente nos referimos al núcleo central de parte de Manhattan. Cuando hablamos de un Maratón nos referimos a los 42.195 metros, pero cada zancada constituye también el maratón. El trote continuo como metáfora de la ciudad. Zancadas constantes, cortas, medidas, que garantizan la consecución final de la gran meta: terminar la carrera más famosa del mundo.

Recorrido por toda la arquitectura de Nueva York

El Maratón permite observar la ciudad desde el esfuerzo. Y todo se aprecia diferente. Esos edificios imponentes de la calle 57 hacia el Sur que comprenden el distrito financiero adquieren un nuevo significado. Mucho esfuerzo, de todo tipo, se alza en ese skyline.

Al atravesar el puente de Verrazano, justo antes de la entrada en Brooklyn, giro la cabeza y veo el horizonte que marca Manhattan. Descubro la arquitectura de la ciudad desde un nuevo punto de vista que me sorprende y que se mezcla con la respiración y el sudor. La Policía de Nueva York hace sonar en este punto el ‘Eye of the Tiger’ de la película Rocky. Antes, al inicio de la carrera, también ha sonado la canción ‘New York, New York’  justo tras el cañonazo de salida en Ford Wadsworth.

Sigo adelante. Contemplo arquitectura de todo tipo: Neogótica, Federal, Italiana y Neogriega. Rincones de Nueva York poco conocidos pero de enorme interés. En Brooklyn la gente se agolpa en torno a la carrera. Miles de rostros animando, miles de manos aplaudiendo. De nuevo aparece la Nueva York más humana, más cálida y más cercana. La gente del barrio. La arquitectura se hace siempre pensando en quienes la habitan. Miro a los lados. Todo tipo de personas me animan a seguir adelante. Viejos, niños, jóvenes… todos me apoyan. Lo confieso: me dan ganas de llorar. Continúo con mi ritmo. Zancada a zancada estoy completando el maratón de Nueva York, descubriendo, una vez más, esta maravillosa ciudad.

Trazado del viejo continente

El trazado hasta llegar a Queensboro Bridge no es el típico de trazado ortogonal del gran Manhatan. Es un trazado típico del viejo continente, y como ha comenzado a llover (quizás empezó hace mucho pero yo me doy cuenta justo en este momento) me parece estar recorriendo alguna pequeña ciudad británica. La gente sigue animando. Descubro que todos estamos mojados, los que corremos y los que nos apoyan. Escucho sus palabras de aliento y me siento feliz. De nuevo la sensación de ciudad como suma de sus habitantes.

Reconozco que cada vez me siento mejor. Cruzando Queensboro me encuentro genial. Miro a la izquierda y me doy cuenta que ahí está Manhatan, su impresionante skyline dibujado entre la neblina que está provocando la lluvia… ¿cómo no sentirte protagonista de alguna de las mil películas rodadas en Nueva York?

La carrera cruza hasta Manhattan. Recorro la Primera Avenida. Entonces uno percibe lo enorme de esas avenidas que recorren la Gran Manzana. La Primera está repleta de corredores. Ya queda menos. Sigo avanzando.

En la parte final de la Maratón, ya por la Quinta Avenida en paralelo a Central Park y antes de adentrarse a este gran escenario que es el parque veo en la lejanía al edificio Chrysler y, cómo no, el Guggenheim en la calle 88. Queda poco, pero empiezo a sufrir de verdad. Me doy cuenta de mi agotamiento. Quedan apenas dos millas. Hay que seguir.

De repente escucho unas voces conocidas. Es la de mi hija. También veo a mi hijo animándome. Nuevas fuerzas para terminar. Siempre corro solo, pero mi gente va conmigo. Sigo adelante y ya sé que lo voy a conseguir. Incluso animo a corredores que me rodean y a los que comprendo perfectamente el momento por el que atraviesan. ¡Vamos a terminar la Maratón de Nueva York!

Cruzo la meta. El último empujón me lo han dado mis hijos, mi mujer y toda mi gente. El sueño se cumple. He vuelto a Nueva York y la he vuelto a descubrir. Y no puedo ser más feliz